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Vuelta a España | 19ª Etapa

La batalla final

Zaballa ganó la etapa. Los favoritos se reservaron para hoy

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CONTROL DE LIBERTY. El equipo del líder dominó en todo momento y evitó que se produjeran movimientos entre los favoritos para la general.

En la pasada Vuelta a España Tino Zaballa levantó los brazos como vencedor en una etapa que, sin saberlo él, había ganado otro ciclista minutos antes. Ayer, cuando estaba escapado, camino de la victoria, le picó una avispa. Y él es alérgico a las avispas, o al menos lo era. Y no se puede culpar totalmente a la avispa porque el amarillo del Saunier Duval es un capote para insectos, grullas y el mal fario en general. La pomada del médico fue el bálsamo de Fierabrás y Zaballa ganó la etapa que le debían.

Sólo pretendo decir que la suerte del modesto es otra, que duelen más las piernas y atacan las avispas, que los triunfos necesitan de un millón de condiciones que nada tienen que ver con el talento y mucho con la suerte, con la escapada buena, con el jefe de filas que ya no está y con el director que invita a la aventura, o no.

Sí, con el director. Hubo un momento en que Joaquín Rodríguez, también del Saunier Duval, alcanzó a su compañero escapado, y Matxín, responsable de la formación, mandó parar a este último, pues entendía que los perseguidores no permitirían una fuga de dos ciclistas del mismo equipo. Un sacrificio que, pese a dar resultado, sigue pareciendo excesivo, una renuncia a una gloria mayor que dio por sentadas las miserias ajenas.

Hemos dicho modesto y tal vez sea Tino Zaballa el menos modesto de los modestos, pues es un corredor acostumbrado a que le sigan las motos y a perseguirlas, un ciclista que suma cuatro triunfos y que tiene 26 años que parecen cuatro más porque su nombre es habitual en escapadas e intentonas y porque su aspecto robusto le aleja de la supuesta fragilidad del principiante.

Corredores como él deberían pertenecer a equipos independientes formados por un solo ciclista, pues no necesitan de nadie para buscarse la vida, quizá hasta les estorbe el mundo. Eso mismo debe estar pensando en estos momentos Joaquín Rodríguez, al que le hubiera encantado que le picara una avispa.

Tuvo muchísimo mérito la victoria de Zaballa porque se produjo tras dejar atrás a un grupo de 20 fugados en el que había grandes ciclistas en busca de redención, como Garzelli o Cunego, dos ganadores del Giro, cuya permanencia en la Vuelta sólo tiene sentido por la posibilidad de conseguir una etapa. Dudamos de Cunego al comenzar la carrera, pensamos que venía a cumplir el expediente, y el chico, sin embargo, ha preferido sufrir hasta el final, sin abandonarse en ninguna etapa, retrasado porque no podía más, no para reservar fuerzas. Esa actitud torera ya vale un triunfo, aunque ayer no pudiera ser más que tercero.

Tregua.

En contra de lo que estaba previsto, entre los favoritos no hubo más movimiento que el habitual de Mancebo, que se coló en un intento de fuga que no prosperó. Belda, por su parte, lanzó a García Quesada y la jugada, que parecía anunciar un ataque de Valverde, se quedó en exhibición del gregario, que le arrebata el sexto puesto de la general a Carlos Sastre.

Esa falta de actividad entre los candidatos resultó un poco decepcionante. Los ataques no sólo deben tener como objetivo ganar tiempo. A veces es suficiente con que desgasten al enemigo, con que minen a su equipo, a su moral. Dejarlo todo para hoy, para la subida a Navacerrada es mostrar las cartas en exceso, dar cuartelillo al líder y fortalecer su confianza. De hecho, el Liberty cada vez parece más sólido, también Heras. Pero ya sabemos que en los últimos días la ambición por los premios menores termina por hacer olvidar las grandes gestas.

Una vez confirmado que no había nadie por delante, que la picadura estaba controlada, que la suerte también, Tino Zaballa levantó los brazos y le dedicó el triunfo a su madre fallecida. Cuando pudo desmontar besó a su novia y su cuerpo antes robusto dejó ver la delgadez extrema del ciclista que acaba una Vuelta antes de que una Vuelta acabe con él.

Hoy se libra la última batalla, tan anunciada, que podría ser de almohadas.