Ciclismo | Tour de Francia
"La dirección del Telekom lo sabía todo"
CAPÍTULO II. En esta segunda entrega Jörg Jaksche desvela las prácticas dopantes que existían en el Telekom de Walter Godefroot y en el CSC de Biarne Riis. El ciclista cuenta cómo esquivaba los controles de EPO y anticipa su llegada a la ONCE de Manolo Saiz.
As.com
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Jaksche: Tras un par de días, un director deportivo se dirigió a mí durante una salida en una carrera común. Me preguntó que cómo tenía previsto prepararme a lo largo del año para la gran carrera. Le describí mis planes de preparación. A continuación, me preguntó: ¿sólo eso? ¿Y las otras cosas? Entonces le conté lo que había tomado. No te preocupes, me dijo, háblalo con los médicos. "Cosas" era la palabra que usaban los directores de equipo para referirse a ello.
Der Spiegel: ¿También Godefroot?
Hubo una reunión de toda la plantilla en la sala de conferencias del hotel, donde nos convocaron a todos los ciclistas y a la dirección técnica. Godefroot habló sobre el reparto de las primas y otras nimiedades. Luego empezó a titubear y a trabarse mientras hablaba, en aquella curiosa mezcla suya de alemán y holandés. Advirtió que llevarse "cosas" a las carreras se había convertido en algo realmente peligroso. No dijo que tuviéramos que dejar de utilizar nada. No habló ni del doping ni de la EPO, pero yo tenía muy claro a qué se estaba refiriendo. Zanjó el tema en cinco minutos, sin discusión posible. Era una especie de pacto de silencio entre corredores y directores.
¿Qué sabía Godefroot?
La dirección del equipo lo sabía todo. Era un sistema con una implantación firme.
Los corredores eran atendidos por dos médicos de la Clínica Universitaria de Friburgo, Andreas Schmid y Lothar Heinrich. ¿También les suministraban medicamentos los dos doctores?
Sí, aunque no eran muy partidarios de las pastillas. Solían decir: "si quieres tomar algo, tómalo, siempre que te aporte algo y que lo puedas controlar, sobre todo la EPO". Nosotros no nos ocupamos de las pequeñeces. Lo que ellos querían era explicar, aconsejarnos. Heinrich incluso me advirtió de que debía tomar insulina si no quería volverme diabético. Con aquellos médicos, al menos, me sentía en buenas manos, no como en el Polti.
¿Quién se hacía cargo de los gastos de todo?
Durante la primera temporada me gasté en productos de dopaje entre 3.000 y 4.000 marcos (1.500 a 2.000 euros).
¿A quién iba a parar ese dinero?
La mayoría era para los médicos. En efectivo. Quizá una o dos veces, a algún director deportivo. Ya no me acuerdo si llegué a pagarle directamente a Godefroot.
¿Schmid y Heinrich salían ganando algo?
No. Yo sabía muy bien lo que costaban más o menos aquellos productos en el mercado. Yo creo que los doctores se decían a sí mismos: mejor se los damos nosotros mismos a los ciclistas antes de que se vayan a conseguirlos a un gimnasio cualquiera de Tumbuktu. En mi opinión, lo que más les interesaba era tener cerca a los deportistas y participar de su éxito. Era una especie de amor, una inclinación enfermiza.
¿Qué productos recibió usted?
EPO y hormonas de desarrollo para una mejor regeneración. Las mediciones de hematocrito pertenecían a la vida diaria en el Telekom, y se consideraba que un valor por encima de 50 significaba automáticamente decir adiós a cualquier carrera. Una vez, corriendo la Vuelta a Suiza, una mañana en nuestro hotel de Lausana uno de los dos médicos, ya no me acuerdo cuál, baja las escaleras y dice: "¡Por los pelos!" Va y le enseña un papelito a Godefroot con los resultados de la centrifugadora. Walter se quedó tan pálido que todo el mundo allí dejó de preocuparse por los resultados y empezó a temer por la salud de Walter.
Godefroot sigue manteniendo en la actualidad que "nunca supo nada de aquel doping sistemático".
Hay que partir de la base de que lo sabía con toda seguridad, no puede haber nadie tan ciego en el mundo.
De todos modos, Walter Godefroot estaba sometido a una gran presión por aquel entonces. En junio de 1999, Der Spiegel publicó un artículo que describía las prácticas de dopaje dentro del equipo Telekom y se remitía a fuentes procedentes del propio equipo.
Aquella publicación despertó la preocupación de la mayoría de los ciclistas. Todos se preguntaban: "¿Quién es el que se dedica a lavar los trapos sucios fuera de casa?" Yo era nuevo en el equipo, no sabía gran cosa sobre la auténtica realidad, pero por lo que pude enterarme, las historias que se contaban en el Der Spiegel eran ciertas.
¿Qué repercusión tuvo todo aquello?
Todos los días tenía la esperanza de que el ritmo se fuera reduciendo. Te ves obligado a esforzarte más y descansas peor. Era incapaz de seguir el ritmo y me sentía completamente innecesario. Al final tenía miedo de quedarme cortado incluso en los viaductos del tren. Una vez llegué incluso a alegrarme de haber sufrido una caída, al menos tenía una excusa. ¿Qué vas a decir si no? Empiezas la carrera como la gran esperanza del equipo y llegas a París en el puesto 80. Estaba muy molesto con mi propia estupidez. Por haberme dejado dominar por el temor. Por ser el último de la clase. Después del Tour, tenía que hacer de gregario de Jan Ullrich en la Vuelta a España de septiembre. Estaba en forma, pero los valores de mi sangre eran bajos. Lo tenía clarísimo: con aquellos niveles en la sangre yo iba a resultar de poca ayuda. Pero cuando llegué a España, ya estaba organizado todo el suministro.
¿Ya no estaba vigente la consigna de Godefroot de no llevarse "cosas" a las carreras?
En España podías llevar las dosis de EPO pegadas al parabrisas del coche y nadie te decía nada. En Francia todo era ya muy distinto.
Ullrich se impuso, en parte gracias a su colaboración. ¿Por qué se vio obligado usted a abandonar el Telekom al año siguiente a pesar del éxito?
Me habían dado una oportunidad... y yo la había desperdiciado. No llegué a comprender el sistema, ni envié a mi novia a Francia con medicamentos. También ocurrió que, a principios de año, yo era todavía un joven de buena fe, mi valor de hematocrito era bajo, y Godefroot dijo: 'No voy a dejar que pongas a mi equipo en peligro'.
¿Y cambió la cosa?
Sí. Tras la victoria de etapa de Giuseppe Guerini en el Alpe D'Huez. Aquel triunfo en la etapa reina del Tour de Francia le salvó a Godefroot la temporada. La versión oficial era: "¡No quiero que andéis llevando cosas a las carreras!". Pero la verdad era bien distinta, naturalmente. El que se presentaba en una carrera con un hematocrito de sólo 44 era un buen chico del que se compadecían. El que tenía 48 pasaba por ser un perfecto calculador y el de 49,5 como alguien que ponía al equipo en peligro. Así de enrarecido era el ambiente. Para Godefroot no se trataba de evitar la posibilidad de que alguien se dopara, sino de que se dopara con torpeza.
¿Qué era distinto en la organización de la ONCE?
De repente, llegué a una especie de familia que te protegía y te ayudaba. Y Manolo Sáiz era el jefe de esta familia, a quien nadie osaba llevarle la contraria. Él siempre nos decía: "No se os paga para que penséis, sino para que deis pedales".
¿De qué manera estaba organizado el dopaje?
Yo estaba completamente en manos de los médicos y no puedo decir con exactitud lo que nos hacían. Yo ponía el brazo y me dejaba inyectar. Tampoco te quedaba otro remedio. Además, partes de la base de que ellos se encargan de no meterte nada que pueda dar positivo. Ésa es la principal preocupación de un ciclista. Miras el historial del equipo y ves: durante diez años han cuidado a sus corredores. Así que tampoco a ti te pasará nada. Es más que probable que me administraran el programa completo durante tres años. Simplemente no lo sé. Ni tampoco quería saberlo: me iba bien, gozaba de buena salud y obtenía unos resultados bastante buenos. Era algo parecido a tener un seguro a todo riesgo.
¿Por qué se pasó al equipo CSC de Biarne Riis?
Digámoslo así: lo principal para decidirme por él no fue su historial como corredor. Tampoco me movió a fichar por su equipo la idea de que por su experiencia él sabía bien lo que se sentía sobre la bici. Lo que me impresionó fue la manera en que consiguió motivar a corredores contrastados como Laurent Jalabert o Tyler Hamilton para que volvieran a dar un gran rendimiento. Biarne es un gran pragmático, e intenta siempre sacar el máximo partido. Hacía mucho que conocía a Riis, vive cerca de Lucca. A principios de 2004 quedamos para ir a esquiar a Abetone. Mientras íbamos sentados en el teleférico conversamos acerca del calendario de la temporada y tocamos de pasada el tema de lo que debe hacer un corredor para mejorar su rendimiento, como era el caso de Pevenage en el Telekom. 2004 fue un año difícil, la base del negocio se había modificado. Se comenzó a utilizar un test que mostraba directamente los niveles de EPO, y empezaron a realizar controles también en la fase de entrenamiento. A partir de entonces, los 50 primeros del mundo se vieron obligados a comunicar el lugar donde se estaban entrenando para que se les hicieran controles durante la fase de preparación. Por aquella época, me sentía presa del pánico. ¿Ya no voy a poder rendir bien? ¿Voy a dejar de ganar dinero? ¿Cómo voy a explicar la caída en picado de mi rendimiento? Y, encima, estaba siempre la sensación de que aquello era injusto. Los primeros 50 bajo control y el resto no. Por eso, intentas buscar soluciones para ofrecer un rendimiento parecido al que has tenido hasta entonces.
¿Con qué frecuencia les hacían controles?
Los controles durante la fase de preparación eran esporádicos y no muy exhaustivos. Lo único que tenía que hacer era acercarme hasta la puerta, decir el nombre de mi hermano y los controladores volvían a marcharse. Rara vez me hicieron controles durante la fase de preparación. Biarne y yo comentábamos a menudo que no había ningún problema con los controles durante la fase de entrenamiento.
¿Había un doping organizado a las órdenes de Riis?
Seguro que Riis sabía lo del doping, allí se hacía todo lo que él decía. Creo que él mismo sentía un dilema entre lo que se podía hacer cuando él estaba en activo y lo que se podía hacer en aquel momento. Era una manera de estar constantemente en la cuerda floja, entre el ideal de un ciclismo limpio y la constatación de que sin doping era imposible hacer nada. Estaba también la posibilidad de tomar Synacthen y otras cosas que están a medio camino entre lo legal y lo ilegal, pero que no están incluidas en la lista de dopaje. Pero el objetivo era el mismo: doparse. Por lo general, aquel año descendió un poco el nivel, no hubo tanta velocidad en la alta montaña. Sin comparación con 1997, cuando se puso sobre la mesa el valor 50 de hematocrito.
¿Qué tomó usted a las órdenes de Riis?
EPO, pero sólo hasta la París-Niza, después se volvió demasiado peligroso, como ya le he comentado. Le dije a Biarne: "Bueno, este año he cumplido. Ya no quiero correr riesgos". En cambio, nos pasamos prácticamente toda la temporada tomando cortisona. Es un producto que en realidad está incluido en las listas de dopaje, pero se permite bajo ciertas condiciones, básicamente cuando se dispone de un certificado de que se padece asma. Así sí era posible llevarlo a las carreras, sin miedo a sufrir un control por sorpresa. En las carreras nos metíamos cortisona por vía intramuscular, porque así tiene un efecto mayor.
