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Alpinismo | Expedición BBVA Annapurna 2012

Gestión de basuras, la gran asignatura pendiente

La falta de voluntad de alpinistas y autoridades dificulta el tratamiento de los desperdicios, especialmente a grandes alturas.

Los que han pisado el punto más alto que existe sobre la Tierra, la cumbre del Everest, la describen como un lugar maravilloso, con las mejores vistas posibles sobre el planeta... y con restos de basura. Deshechos de comida, banderas y, especialmente, botellas de oxígeno vacías jalonan un lugar que se supone debería ser idílico en su paisaje y en su limpieza. La imagen se repite en mayor o menor medida en las cumbres de las montañas más altas del mundo, pese que ningún alpinista que haya estado en ellas admite haber dejado nada antes de retirarse.

La situación, no obstante, no es en absoluto alarmante. Salvo esos lugares en concreto, el Himalaya sigue siendo una zona limpia. Y la mayoría de las expediciones, excursionistas y habitantes de las montañas se preocupan por mantenerlo en ese estado. Incluso en los últimos años, el Gobierno de Nepal ha tomado una serie de medidas para obligar a quienes disfrutan de los paisajes a no estropearlos a su paso. Entre ellas, el dejar un dinero en depósito, que sólo se devuelve cuando se regresa con la basura acumulada durante las expediciones.

"La gente se piensa que el Himalaya es un basurero, pero no es así. Está todo bastante limpio. Hay que tener en cuenta que a las grandes cumbres se sube sólo unos días al año, así que tampoco se puede ensuciar mucho. En los campos de altura sí que se pueden encontrar tiendas abandonadas y ese tipo de materiales", explica el palentino Tente Lagunilla, compañero de Carlos Soria en la Expedición BBVA Annapurna 2012. "Hay expediciones que no se comportan, pero la mayoría de las veces funciona todo bien. Sólo faltaría un poco más de seguimiento por parte de la Administración para mejorar los errores".

Excrementos humanos en bidones

El problema, como siempre, es el cumplimiento de la ley. Corruptelas en unos casos, y picaresca para saltarse la norma en otros, impiden que toda la basura generada salga de las montañas. Transportar todos los desperdicios mediante porteadores o en helicóptero tiene un coste que algunas expediciones prefieren saltarse, en cuyo caso se viaja sólo con parte de los deshechos, para cumplir delante de la autoridad. El resto, o bien se entierran pese a no ser biodegradables, o se dejan simplemente tirados a la vista de todos. Es la peor cara del himalayismo del siglo XXI.

En contra de lo que pudiera pensarse, cuanto más transitado es un sitio, más escrupuloso es el sistema para su limpieza. El campo base del Everest, sin duda el más visitado del mundo, es un paraíso cuando no es época de expediciones, sin un sólo papel que recuerde que en primavera y otoño es un hervidero de gente. Incluso la normativa obliga a los expedicionarios a hacer sus necesidades en bidones, que son sacados a cuestas del glaciar y depositados fuera del hielo, puesto que de otro modo nunca llegarían a descomponerse.

En general, la mayoría de las expediciones toman medidas drásticas respecto al reciclaje y gestión de sus deshechos. Los restos orgánicos se entierran fuera de los glaciares, y papeles y cartones se queman antes de ser trasladados. Latas, cristales, baterías y materiales no biodegradables, se transportan a Katmandú para su gestión adecuada. Una forma de actuar a la que obligan tanto la ley como la moral, pero que en algunas ocasiones, hoy en día, siguen sin ser observadas por todos.