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Murió Herzog, el primero en ascender un ochomil

Maurice Herzog, primer hombre en hollar un ochomil, el Annapurna, en 1950, falleció ayer a los 93 años de edad. Al margen de consagrarse como alpinista, fue ministro de Juventud y Deportes con De Gaulle y miembro del Comité Olímpico Internacional.

Sebastián Álvaro

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EL REGRESO. Maurice Herzog culminó la ascensión al Annapurna en 1950, pero la hazaña le dejó amputaciones de dedos en pies y manos.

Ayer falleció a los 93 años Maurice Herzog, uno de esos trascendentales personajes que marcaron la historia del siglo XX. Para muchos alpinistas, Herzog representa muchas cosas a la vez: el valor, el coraje, la decisión, el liderazgo y, sobre todo, la audacia de haberse jugado la vida por ser el primer hombre en alcanzar una cima de más de ocho mil metros: el Annapurna, 8.091 m, en 1950.

Para mí es mucho más. Tuve la fortuna de conocer en profundidad a este hombre desde hace 15 años, incluidas las otras facetas de una vertiginosa vida que ha apurado hasta el último sorbo. En la épica ascensión de Herzog al Annapurna estuvieron a punto de morir sus principales protagonistas. Sólo la fuerza y la solidaridad de un equipo extraordinario, entre los que se encontraba Lionel Terray, les permitió regresar con vida. Pero Herzog sufrió unas terribles amputaciones que le dejaron sin los dedos de los pies y las manos. Sin embargo, se rehizo y su vida fue fructífera: ministro de Deportes y de la Juventud, mano derecha del general De Gaulle, impulsor de la apertura diplomática francesa a China y Cuba, miembro del Comité Olímpico Internacional, alcalde de Chamonix, empresario de éxito y luchador incansable.

En 1950, Herzog fue elegido como líder, pese a tener menos historial alpino que sus compañeros de expedición, aunque contaba con un plus del que carecían los demás: había comandado un grupo del maquis durante la Segunda Guerra Mundial. Fue una decisión muy criticada por los guías alpinos, pero, a la postre, se demostró acertada. En el momento decisivo, muy cerca de la cumbre, con el mal tiempo acechando ya, Louis Lachenal, que formaba cordada con Herzog, le sugirió que quizá lo mejor sería darse la vuelta, a lo que éste respondió: "Aunque tú te des la vuelta, yo continuaré".

Amputado.

De esta forma se decidió la suerte de la expedición y el destino de aquellos dos alpinistas. Lachenal y Herzog salvarían la vida, pero Herzog perdería todos los dedos. Se convirtieron en héroes nacionales, y Maurice escribió (o mejor dicho, dictó desde la cama de hospital donde se recuperaba) el que se ha convertido en uno de los mejores libros de montaña: Annapurna, primer 8.000.

Cuando en 1999 me propuse que Juanito Oiar­zabal se convirtiera en el primer alpinista español en escalar las catorce montañas más altas de la Tierra, Herzog, por entonces un mito del alpinismo y el único superviviente de aquella histórica expedición, se decidió a acompañarnos al campo base del Annapurna a pesar de su avanzada edad. Sólo me pidió que en el regreso en helicóptero parásemos en el bosque de Lete, donde estuvo a punto de morir. Allí viví uno de los momentos más conmovedores de mi vida al ver a aquel hombre llorando en el mismo sitio donde se reencontró con la vida. De ese viaje volvimos entrañables amigos.

Hace un par de años, estuve acompañándole en el Elíseo en la última condecoración que le impusieron. Por entonces ya sabía que fue su gran humanidad la que le mantuvo en pie hasta el final, lo mismo que su amigo Walter Bonatti. Con ellos dos se ha cerrado la historia del siglo XX. No sólo basta vivir con dignidad, también hay que saber terminar con dignidad. El libro de Herzog, una especie de Biblia de los relatos de montaña, finaliza con una frase que refleja una forma de enfrentar la vida: "Una nueva vida comienza. En la vida de los hombres siempre habrá otros Annapurna". Es decir siempre habrá algo por lo que luchar, algo por lo que seguir de pie. Descansa en paz, amigo.