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Los estadios, la hipoteca que paga América

EL JARDÍN DE ATRÁS

Los estadios, la hipoteca que paga América

Los estadios, la hipoteca que paga América

Ronald Martinez

Getty Images

Instalaciones financiadas con dinero público, que se benefician de exención de impuestos y cuyos beneficios se quedan en bolsillos privados.

Estados Unidos sufre un boom desproporcionado de construcción de estadios y pabellones.

 

El aliciente común de esta burbuja es una larga práctica que tienen las ciudades y los estados de utilizar bonos exentos de impuestos para financiar instalaciones deportivas de franquicias profesionales. Esta práctica es normal desde 1986 gracias a una cláusula de la Ley de Reforma Impositiva, cláusula que precisamente pretendía lo contrario (restringir los subsidios públicos para los equipos deportivos), pero estos bonos resultaron atractivos para los inversores porque las ciudades y los estados encontraron maneras creativas de amortizar el resto de las obligaciones de los bonos.

 

Pongo un ejemplo práctico para aclarar el engorro teórico. El nuevo estadio de los Cowboys de $1.150 millones fue construido en parte utilizando dinero prestado exento de impuestos por la ciudad de Arlington. Es decir, la ciudad o estado genera bonos públicos (en consonancia con los dueños de los equipos o presionados por estos) que bajan los costes del estadio, y los intereses de estos bonos los pagan los contribuyentes de todo el país ($17.000 millones en treinta años), ya que el emitir bonos recae en última instancia sobre las arcas federales. Un fan de los Redskins está pagando ahora mismo parte del estadio de sus archienemigos Cowboys.

 

Se trata de un uso moralmente cuestionable de fondos gubernamentales para financiar una actividad del sector privado, ya que estos bonos públicos exentos de impuestos deben ser utilizados para construir infraestructuras a nivel estatal o local. Más escandaloso es aún cuando los propietarios de las franquicias suelen tener las mayores fortunas de Estados Unidos y la monetización de cada mínimo elemento de la nueva instalación deportiva queda el 100% en sus manos privadas (podéis hacerlo jugando al Madden NFL), incluso con el beneplácito de no tener que abrir los libros de cuentas como ocurre en la MLB.

 

Amenazas y promesas


Como ocurre con la especulación de llevarse el equipo NFL a Los Ángeles, la amenaza de marcha y sus consecuencias negativas para la ciudad es el recurso más común por los propietarios de las franquicias y los cargos públicos para construir nuevas instalaciones. Según el gobernador de Wisconsin, Scott Walker, si los Bucks no construyen un nuevo pabellón es probable que se marchen en 2017, restando a las arcas del estado $10 millones en ingresos. Curiosamente, la misma cantidad en pérdidas estimó el gobernador demócrata de Missouri, Jay Nixon, si los Rams dejan Saint Louis. Walker, republicano, propuso financiar un arena con $470 millones con la ayuda de $220 millones en bonos del estado como parte del presupuesto.

 

En Mineápolis, el estadio techado de $1.000 millones que albergará la Super Bowl 2018 y la Final Four 2019 está siendo financiado por cerca de $500 millones del estado y la ciudad utilizando bonos exentos de impuestos. No solo se especuló que los Vikings dejaran Minnesota, sino que aquí entra la segunda arma que los propietarios y los responsables electos utilizan para la construcción de estadios: los beneficios económicos para la zona y la ciudad. $800 millones en desarrollo en torno al nuevo estadio de los Vikings dice la jefa del proyecto que se generará en la zona, y “todo se convertirá en oro” promete el video de proyecto del nuevo pabellón de los Bucks.

 

Es falso, en la mayoría de los casos, que una nueva instalación deportiva tiene un gran impacto económico en la zona o la ciudad. Un amplio abanico de estudios lo han demostrado, especialmente aquellos que han repasado las cifras de los últimos veinte años atentamente (las últimas dos décadas ha sido el gran boom). De hecho, solo es necesario un estudio empírico: pasearse por los alrededores de la mayoría de los estadios o arenas de equipos profesionales en Estados Unidos para ver que no crean una riqueza, renovación o impacto económico espectacular.

 

La solución de Obama


En un momento de apogeo de amenaza de empaquetar algunas franquicias deportivas a otra ciudad, el presidente Barack Obama incluyó un elemento en su presupuesto de 2016 para poner fin a la práctica de los bonos exentos de impuestos que financian instalaciones deportivas. Obama ve esta emisión de bonos como una práctica injusta de mercado (aunque en 2007 cuando era candidato a la presidencia abogó por una reforma del Soldier Field con este método).

 

Con el planteamiento que hace Obama, se plantearían dos posibles escenarios:

 

1. Se seguiría construyendo estadios, pero al no haber este subsidio federal se tendría que reducir el coste de la instalación deportiva. Atendiendo a la lógica, no sería ningún problema porque no tiene sentido determinados lujos en los estadios como peceras a tus pies (Marlins Park) o piscinas mientras ves un touchdown (EverBank Field).

 

2. Se incrementarían las amenazas de marcha por lo que se agilizaría la liberalización del mercado. Veríamos más mudanzas de franquicias.

 

Es reprobable que los contribuyentes de un país paguen los intereses de los costes de un estadio. Es reprobable cuando esos bonos públicos se pueden aplicar para crear escuelas o parques. Es incluso reprobable que un estadio se financie con los impuestos locales o estatales, sin bonos exentos de impuestos, aunque eso no cabe en la mentalidad estadounidense (y abre un debate más amplio de si deben pagar los ciudadanos por una franquicia deportiva). Y es reprobable que una ciudad o estado, después de aportar en un proyecto de construcción, no se lleve un solo beneficio en la explotación de ésta.

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